Múerete, cabrón

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A veces, al llegar a la casa, pensaba en el espacio vacío. Miraba las cosas perfectas: la cama con el cojín del medio perfectamente colocado, las superficies lisas, sin objetos. El sostén beige encima de la cama, a la prisa. Nadie había movido nada. Todo permanecía inmóvil, tan inmóvil que parecería una trampa al ojo desnudo. – Yo sé más – se dijo. “Esto he sido yo. Todo está igual”, repitió mirando un pedazo de papel en el piso. De pronto recordó a Rodrigo, con las colillas de cigarro en el piso. A Manuel, con los pantalones en el sofá de la sala. A Daniel, con el cepillo de dientes en la bañera. A muchos más, todos imperfectos y sucios. “Habría que ponerlos a todos en una granja. Cerdos” Se quitó el chaleco negro, modesto. Debajo vestía una camisilla atrevida, que nunca dejaba ver. Los manguillos en los hombros que brillaban, sinuosos, solo los apreciaba el espejo. El pequeño hoyo en tela de la espalda ya no le importaba. Nadie lo vería nunca. La noche había sido especialmente cruel, solo porque estaba sola. Al principio de las cosas, cuando creía que la vida no se acababa, que lo cotidiano era un espejismo y que cada minuto era eterno y oportuno, el tiempo no era importante. Hubo tanta posibilidad en el aire, tantas ganas. Ahora queda un cigarrillo apagado en un vaso con vodka. “Habría que mandar todo a la mierda”. Nunca entendió el miedo de mandar a algo (alguien) a la mierda. Siempre participó de la cordialidad hipócrita, de la sonrisa plástica, del sentimiento ensayado. Nunca dijo lo que sentía. “Ojalá tropieces con un hoyo negro” o el muy clásico “Muérete, cabrón”. ¡Cúantas veces lo ensayó en la bañera! Hay tanto miedo al terminar con alguien, tanto recelo a ser irrazonable. “Seamos amigos” dijo en tono burlón mientras se cepillaba los dientes, como si un abrazo casual en la calle curara milagrosamente las horas perdidas sollozando en la almohada, ya manchada de sal, angustia y un poco de sangre. Como si un saludo lejano borrara el dolor. Como si no dejaras un pedazo de carne humana, sangriento, latiendo y con hambre en cada dirección y con cualquier “me importas”.

-Muéranse todos- le dijo al reflejo del espejo. “Muérete, cabrón. Púdrete en las gavetas del inferno”, escribió en un mensaje en masa en su teléfono móvil. Suspiró un momento antes de apretar el botón de “ENVIAR”. Suspiró un momento despúes de hacerlo. Lloró un momento cuando el teléfono salpicó en el retrete. El aparato era el último modelo y había sido muy costoso.

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About echevel

Fanática de la cordialidad y el buen gusto.

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